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miércoles, 28 de junio de 2017

NOVEDAD


EVELYN CURTIS .........."WALLENSTEIN"

¿Os gusta la historia? Si es así no os podéis perder este libro. El comienzo de un viaje que la escritora acaba de comenzar a través del tiempo y que seguro le traerá mucha suerte.

SINOPSIS
En los últimos años de su vida, durante una larga enfermedad, Albrecht Wallenstein, el puño de hierro que atemorizó a media Europa al frente del Imperio Austriaco, narrara a su nieto algunas de las vivencias que le catapultaron a la fama y posteriormente a la inmortalidad.

A LA VENTA EL 5 DE JULIO
                              






Fragmento de Wallenstein

—¿Dónde nos quedamos ayer?
—Ibas a contarme la batalla de Montaña Blanca.
—¡Montaña blanca! ¡Cómo no! Todos quieren oír la misma historia. Conozco una mucho mejor de cuando…
—Quiero oír la de Montaña Blanca —lo interrumpió el niño cruzándose de brazos.
Wallenstein soltó una fuerte carcajada.
—¿De quién habrás sacado ese fuerte carácter? —preguntó en voz alta mientras acariciaba el suave cabello de su nieto—. Solo tú eres capaz de contradecirme. Eres un chico listo.
El niño sonrió.
—Haremos una cosa: primero te contaré la batalla de Montaña Blanca y luego una historia que muy pocos conocen de cuando apenas contaba con veinte años —el viejo volvió a toser y soltó un poco de flema manchando el pañuelo de sangre.
El niño sintió náuseas y se apartó girando la cabeza.
—Corría el año de nuestro Señor de 1620. Dos años antes se había producido la revuelta de Bohemia: los nobles luteranos se rebelaron contra la casa de Habsburgo y el archiduque Fernando de Estiria fue proclamado rey de Bohemia. Su primera medida fue implantar la contrarreforma religiosa en aquellos territorios. Los bohemios, en su mayoría protestantes, no lo aceptaron de buen grado y las revueltas comenzaron a sucederse. Poco después, se coronó al príncipe Federico V del Palatinado, que esperaba contar con el apoyo de Inglaterra, Suecia y Dinamarca a su favor. La situación se fue complicando hasta tal punto que se declaró la Guerra de los Treinta Años.
—¿Y la batalla? —preguntó el niño que comenzaba a impacientarse con tantos datos.
—Ahora voy —respondió el viejo y bebió un poco de vino.
El niño sonrió.
—El siete de noviembre me ordenaron que me dirigiera al campamento que habían levantado a las afueras de Praga. Me encontraba a dos jornadas de caballo en mi hacienda, a las afueras de Silesia. Tomé un rápido corcel y tras pernoctar en una mugrienta posada llegué al mediodía.
Allí, en lo alto de una colina, los checos habían erigido una posición defensiva envidiable que hacía prever una dura batalla.
El ejército protestante dirigido por Federico V del Palatinado era numeroso, se componía de bohemios, silesios, moravos, alemanes y fuerzas de caballería transilvana. Sin embargo, el nuestro era aun mayor, contábamos en nuestras filas con la liga católica y la coalición imperial.
Mientras tomaba un refrigerio en la tienda de campaña apareció el grueso de las tropas: ¡La llegada fue un espectáculo digno del más pomposo de los generales!
Fernando, ese advenedizo que se sienta en el trono tan solo por su derecho de cuna, le había otorgado el mando de la liga católica al conde de Tilly, mientras el ejército imperial era dirigido por Bucquoy. Yo formaba parte de estos últimos, estaba al mando de un regimiento de coraceros.
Nada más llegar, el conde no tuvo otra ocurrencia mejor que lanzar un ataque de advertencia para comprobar cómo estaban dispuestas las líneas defensivas protestantes.
Un pequeño grupo de caballería se adentró en el valle mientras nuestra artillería desplegaba sus cañones, disparando a diestro y siniestro sin mirar ni adónde apuntaban. Tal y como era de esperar, los disparos no dieron en el blanco. Aquello era como decir “cuidado con quién os enfrentáis, hubiera sido mejor que os quedarais en casa con vuestras mujeres; aquí estoy yo y ha llegado la hora de claudicar”.
Los checos ni se inmutaron, defendieron su posición desde la montaña y poco más; primera toma de contacto, más que una batalla, una simple escaramuza. Todos de vuelta al campamento y a pasar la noche.
El ocho de noviembre tuvo lugar la batalla decisiva. Fue una fría mañana de invierno en la que para asearnos tuvimos que partir con la empuñadura de nuestros puñales los témpanos de hielo que se habían formado en los cubos de agua; aquel líquido despertaba incluso a un muerto.
El ejército volvió a lanzar unos cañonazos al aire, como si quisieran probar que aun funcionaban, y todos a gritar y rugir como la tarde anterior.
En la tienda de mando se convocó una reunión de oficiales. Allí estaba el conde de Tilly. Ese tipo me provocaba náuseas cada vez que lo miraba, tenía la cara salpicada de numerosos hoyuelos fruto de una galopante viruela que de niño estuvo a punto de costarle la vida; de ser así, el Imperio no lo hubiera echado de menos, siempre causa numerosos problemas.
A su lado, se encontraba el conde de Bucquoy, un amanerado de gustos exquisitos que se cree que continúa en su palacio aunque pise un lodazal. No deja de ordenar gilipolleces a sus mayordomos, incluso en medio del campo de batalla.
Tras una breve charla, el muy imbécil propuso someter a la ciudad a un asedio de varias semanas. Por suerte, yo siempre tengo mis informadores y sabía que esos mercenarios no estaban bien pagados.
A pesar de mis contactos, nadie se atrevió a asegurarme el número exacto de sus tropas: algunos hablaban de quince mil, otros de dieciocho mil y los más pesimistas aumentaban la cifra hasta treinta mil.
Los soldados gritaban impacientes a las afueras de la tienda, querían acabar con esos checos que apestan a cerveza y salchichas podridas. La reunión se estaba alargando más de lo previsto y ya era hora de actuar.
Tilly dijo que le importaban un carajo esos husitas del demonio y mandó que los cañones se acercasen más de lo debido; los checos, que serán antipáticos, pero no imbéciles, enseguida descubrieron un blanco fácil y destruyeron un par de nuestros cañones ¡Maldito arrogante del demonio! Nuestra artillería tuvo que volver a retroceder.
Por fin, Tilly dio la orden de ataque; entre nuestro campamento y Montaña Blanca había un amplio valle donde la escarcha de la noche había dejado congelada hasta la más mínima brizna de hierba.
Ambos generales dispusieron sus ejércitos en formación de cuadros: a un lado, los imperiales con la cruz de Borgoña y la de San Andrés como estandarte, sus oficiales vestían raídas casacas, fruto de numerosas batallas con bandas, fajas y plumas de color rojo; al otro lado, los bávaros de la liga católica llevaban un uniforme de color azul y amarillo.
El resto de regimientos se distinguía por el color de sus uniformes y los emblemas de sus estandartes: en el ala izquierda, los piqueros de la liga católica con uniforme rojo y gris; a su lado, los arcabuceros imperiales vestidos con uniforme azul; en el centro, el regimiento bávaro de artilleros con sus vestimenta amarilla preparaba los cañones; y, en el flanco derecho, relinchaban impacientes los caballos del regimiento de Lorena esperando blandir su acero.
Un poco más atrás, se situaban los oficiales, en un elevado promontorio desde donde se divisaba todo el valle. A nuestro lado, los ayudantes de campo nos informaban hasta del más ínfimo detalle.
Toque de trompeta, redoble de tambores y las tropas católicas lanzan un ataque frontal. Todos avanzan por la llanura con sus trajes impolutos, aunque no tardan mucho en sumergirse en el lodazal.
De repente, sorpresa, los checos lanzan la caballería intentando sorprendernos; craso error, los húsares responden de inmediato y en un rápido movimiento de envoltura los sorprenden por la espalda y acaban con varios de ellos, el resto huye hacia la montaña.
Nuestro ejército avanza majestuoso sobre aquella fría mañana, mientras una intensa niebla comenzó a disiparse; los españoles no están acostumbrados a tan bajas temperaturas, pero están curtidos en mil batallas y aguantan bien el frío.
Los primeros disparos no tardan mucho en producirse, las balas impactan sobre la retaguardia, pero la carga de nuestra infantería es imparable.
Se oyó un tiro, luego otro, el trompetista del general toca la diana y el paso de carrera. Las balas caen por doquier y la colina se transforma en una enorme nube de humo. Los soldados de ambos ejércitos cruzan sus aceros, el ruido es atronador; se genera un caos tan absoluto que es imposible discernir quién toma ventaja en el combate. La caballería galopa sable al frente blandiendo su acero sobre todo lo que encuentra a su paso; no hay piedad, ni siquiera de los que de rodillas piden compasión.
En un primer momento, los checos aguantan bien, pero, de repente, se rompe el ala izquierda; las mal pagadas tropas mercenarias se dan a la fuga cuando sienten sobre sus cabezas el aliento de los tercios de Flandes.
Tilly se da cuenta de la situación mientras su infantería resiste cómo puede el fuego enemigo y manda el grueso de la caballería hacia aquel flanco.
Un instante después, la artillería, que había dividido sus fuerzas en varios frentes, centra sus disparos en aquella zona y el ejército protestante de Federico V comprende que la situación es desesperada.
A diferencia de los mercenarios, los husitas feroces defensores de su religión venden cara su derrota. Poco después los oficiales comienzan a avanzar.
Entre los árboles encontramos soldados heridos de muerte, encomendándose a Dios antes de pasar a la otra vida; algunos nos ruegan que acabemos con sus vidas antes de soportar una larga agonía. Se oyen numerosos gritos de dolor y sufrimiento.
Un sargento se apoya sobre un roble, da un par de pasos y cae llevándose la mano al costado. A continuación, sus dedos se empapan de sangre, lanza un último suspiro y cae inerte sobre la húmeda hierba.
Poco después, los cañonazos parecen detenerse, pero aunque la batalla parece ganada, nos queda ascender hasta la cima de Montaña Blanca.
 Grandes peñascos y una profusa vegetación no dejan ver con claridad el tramo final. Tenemos que avanzar con cuidado, nadie quiere verse sorprendido por el acero de los checos cuando todo llega a su fin.
A media subida, los protestantes comienzan a lanzarnos enormes piedras que caen rodando montaña abajo. Cuando estamos a punto de coronar la cima, nos percatamos de los enromes fosos que los checos han abandonado a la carrera.
Unos pocos resisten en la cumbre, los rodeamos, pero muchos escapan colina abajo intentando alcanzar las calles de la ciudad.
El grueso del ejército corre despavorido y se dispersa entre las callejuelas de la hermosa Praga. Varios disparos se oyen en el puente de San Carlos y vemos cómo un soldado cae a las frías aguas del Moldava. Es inútil perseguirlos, la mayoría se esconde en sus casas y es imposible atraparlos.
Nuestra retaguardia logra cruzar el puente y se adentra entre las empedradas calles que suben zigzagueando hasta el palacio real.
Desde las ventanas todavía se oyen disparos, nuestros soldados se defienden y responden de inmediato, es imposible acertar en el blanco, apenas agrietamos un par de puertas de roble.
Un poco más arriba, derriban un par de barricadas construidas de forma espontánea.
Por fin alcanzan la cima. Allí se topan con el palacio real, que resplandece majestuoso. Desde la ventana superior los checos izan la bandera blanca y toda la ciudad cae rendida ante nuestros pies.
La batalla apenas dura un par de horas.

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